Durante los últimos cuatro años (desde la pre crisis del 2007) cosechando consecuencias casi irreparables para la gente común, los líderes del mundo estuvieron muy ocupados en salvar a los bancos, y a sus propios intereses, pero dejaron para “después” decisiones en las políticas que tengan en cuenta el empleo de sus habitantes.
Las proyecciones no son para nada alentadoras en el mundo desarrollado. Una manera clara de evitar que se profundice el problema es que los países crezcan y la actividad aumente, pero hay más ganas que resultados concretos, ya que las previsiones de crecimiento siempre sufren revisiones a la baja.
La OCDE ve que pasa el tiempo y los desempleados no vuelven a estar empleados, con lo cual, aumenta el riesgo que se esté convirtiendo en estructural (que no es una circunstancia pasajera, ni estacional, sino de largo plazo).

